No estás bien. Solo te volviste demasiado buena en no dar trabajo.
Te dijeron que era fuerza. Tú te lo creíste.
Pero la fuerza no debería costarte el sueño, la voz y el cuerpo. Ni el simple deseo de existir sin que te llamen a todas horas.
Aprendiste a sonreír bajo. A responder "todo está bien". A descansar con culpa. A derrumbarte solo cuando nadie estaba mirando.
Este libro no es una caricia. Es una verdad mirándote a los ojos: no naciste para ser la armadura de todo el mundo.
Y es por eso que, la noche en que finalmente alguien te preguntó si estabas bien, tú—